Los Señores de los Anillos y el coronavirus

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Los remilgos del Comité Olímpico Internacional para posponer los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, por la pandemia del coronavirus, revelaron de nuevo uno de los principales valores que sostienen el entramado de esta entidad: el dinero.

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Los Señores de los Anillos olvidaron hace mucho tiempo que cuando el francés Pierre de Coubertin revivió los Juegos Olímpicos, la idea que impulsaba al movimiento deportivo era promover la actividad física en el mundo como un camino para la formación integral del ser humano.

Recuperar del olvido las antiguas competiciones de los pueblos helénicos tenía para Coubertin  un valor pedagógico, pacifista y universal.

El filósofo y educador francés fue uno de los primeros en darle a la actividad física y al deporte un carácter universal. Saltar más alto, ser más rápido y fuerte, no debía quedarse exclusivamente para los acomodados estudiantes de las escuelas y universidades de Francia, Inglaterra o Estados Unidos.

Su máximo ideal era que atletas de cada rincón del planeta participaran en este festival deportivo, que formaba parte del intercambio social y cultural de las naciones. Pues no hay que olvidar que las primeras ediciones de los Juegos Olímpicos fueron apenas un apéndice de la Exposición Universal, organizadas para mostrar el progreso del hombre en el naciente Siglo XX.

Pero los valores fundacionales del olimpismo han sido sustituido por un mercantilismo despiadado de las competencias, en aras de exprimir hasta la última gota de sudor de los atletas y expoliar millones de dólares a las naciones que quieren ver luchar a sus campeones por las medallas olímpicas.

Basta ver que para clasificar a esta cita deportiva, las Federaciones Internacionales, con la bendición del COI, idearon sistemas de clasificación cada vez más onerosos para los atletas y sus patrocinantes, que en el caso de Venezuela es el gobierno nacional, a través de los aportes del Ministerio de Juventud y Deporte y algún recurso menor que aporta el Comité Olímpico Venezolano.

Pongamos por caso a Rubén Limardo, nuestro campeón olímpico en espada individual en Londres 2012. Para asistir a Tokio, el espadista guayanés tuvo que sumar puntos en Grandes Premios, Copas del Mundo, Campeonatos Panamericanos y Mundiales que se celebran en diversos rincones del planeta, y que le permitieron mantenerse ubicado entre los mejores del mundo que obtuvieron el boleto a Tokio.

Esta situación se repite en la mayoría de los deportes. Los países están obligados cada año a aumentar su presupuesto en divisas para pagar la preparación, entrenamientos y competencias de los centenares de atletas con posibilidades de clasificar a los Juegos Olímpicos

Y una vez en la gran cita deportiva, el  negocio lo hace el COI con sus millonarios contratos de patrocinio exclusivo, mercadeo de productos o por los fabulosos derechos de transmisión de los medios; fortunas mil millonarias de la que ningún atleta recibe un céntimo.

En cambio durante los días de los Juegos, la  “Familia Olímpica” disfruta de un trato cinco estrellas en hoteles de lujo, mientras los verdaderos amos de las competencias, empresas como Adidas, Sony o NBC, se reparten las ganancias con los jerarcas del COI.

Es lógico entender por qué los Señores de los Anillos dieron tantas largas para mover los Juegos Olímpicos de Tokio para 2021.

Lo que les preocupaba no era el coronavirus ni la pandemia, sino sus bolsillos. 

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