Cuando el fútbol es como la lluvia

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El fútbol es como la lluvia, en su versión venezolana. En los primeros días de la pandemia los aficionados desesperaban porque no había cómo llenar, especialmente los fines de semana, las horas de hastío. Encendían los televisores con la esperanza de algo agradable a los sentidos, como si la acción futbolera fuera una propiedad, pero el desencanto marcaba los días. De súbito, se reiniciaron los campeonatos: Alemania, España, Inglaterra, Italia, juegos todos los días para emparejar los calendarios atrasados, y entonces comenzaron a oírse las quejas porque eran muchos partidos a la vez, que aquello no se podía digerir, paren, paren, paren.

Esa actitud de inconformidad nos hizo recordar a la lluvia. En los calurosos días del verano la gente rogaba porque lloviera, tal era el deseo, y si las matas hablaran se hubiesen unido al clamor humano. De pronto comenzó a caer agua del cielo a raudales, a cántaros sin fondo, y entonces hombres, mujeres, viejos y niños, en principio agradecidos porque al fin san Isidro Labrador, el santo de la lluvia, les había oído sus súplicas, comenzaron a pedir que estaba bueno, que no era para tanto, que no hacía falta el madre aguacero. Nunca se está contento con lo que se tiene, carajo.

El fútbol, pues, es como la lluvia a la venezolana. No encontramos cómo estar pendientes de tanto campeonato junto y de todo ese tropel de jugadores, y ahora el clamor es que todo termine para comenzar de nuevo y en condiciones normales otra temporada. Especialmente porque dejando a un lado la lidia incesante en el fútbol español entre Barcelona y Real Madrid, todos los títulos de tronío tienen quien los reclame: Liverpool, Juventus, Bayern Munich, París Saint-Germain ya han añadido otra estrella a su infinitas constelaciones.

El fútbol, además de la lluvia, también se parece a la política: es un permanente ramillete de promesas, de ofrecer lo posible y lo que no es, así al final de cada zafra casi todo se convierta solo en una quimera. “No importa, el año que viene sí”. Por estos días, como saliendo de un caudal indetenible oímos nombres y apodos, algunas transacciones inminentes y otras inaccesibles. Mas, dos de ellas, por la grandeza futura de los jugadores parecen estar rodeadas del halo del imposible: Kylian Mbappé y Erling Braut Halland. Ellos dos, como nadie en este mundo y en el que está por inventarse, representan el sueño mayor, el porvenir en colores, la gloria en quinta dimensión de los clubes de gran calado. ¿Quiénes será los elegidos? 

Agua en otro confín

El miércoles de esta semana seguimos el Manchester City-Arsenal, y sentimos que el partido estaba cubierto por la niebla de una pesadumbre no disimulada por los jugadores. El City, además de haber perdido toda esperanza de alcanzar al Liverpool para llegar a la corona inglesa, no podrá disputar torneos internacionales por dos años por la suspensión al no respetar el Fair Play financiero al gastar más de los que genera. Y el Arsenal, en la búsqueda de una nueva identidad futbolística, anda por ahí, perdido en los lugares intermedios de la tabla luego de ser por años un consecuente animador de los campeonatos. Y todo esto cubierto con una lluvia constante, para terminar de darle al partido ese aspecto de fútbol bucólico y sin un alma en el graderío.              

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@camisetadiez

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