Camiseta 10 | Jamás había pasado

El doctor merideño duró siete meses en el club desde su regreso / MINEROS DE GUAYANA
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El deporte como lo conocemos hoy día fue hijo legítimo de la Revolución Industrial. El ser humano, parcialmente sustituido por la máquina, comenzó a sentir la maravilla del tiempo libre. De una semi esclavitud, pasó a concebir otras formas de vida. Y entonces, el deporte. Un deporte que a través del siglo XX se fue desarrollando, se fue profesionalizando, hasta llegar a los niveles aberrantes como se le conoce ahora.

Entonces, como actos de la sociedad ha tenido que pasar cada uno, fútbol, beisbol, baloncesto, tenis, por las mismas glorias y las mismas penurias que se viven fuera de los estadios. Huelgas, suspensiones, discusiones salariales, plata que va, plata que viene. Mas, nunca como esta vez le ha correspondido al acto deportivo detenerse en seco, todos a la vez, como una locomotora y sus vagones en una estación abandonada.

El coronavirus ha hecho el “milagro” de contener sus avances, sus progresos, y ha conseguido que todos sus integrantes se hayan visto a las caras preguntándose, unos a otros, y ahora ¿qué hacemos?…

Hay mucho de conciencia en esta nueva situación. Y entonces, llegamos a Venezuela. Richard Páez, una de las mentes más lúcidas del fútbol nacional, renunció a la dirección de Mineros de Guayana ante lo que consideró un apresuramiento y falta de responsabilidad colectiva por comenzar el campeonato a todo evento.

Mientras en el resto de Suramérica esperan nuevos tiempos para volver a las canchas, por estos lados se empeñan en desafiar a la pandemia que preocupa y azota al mundo. Habría que preguntarle a los jugadores, que son lo más importante del fútbol en cualquier parte, qué prefieren ellos, jugar o exponerse: ¿alguien les ha tocado la puerta?…

Mientras todo esto pasa, a los aficionados se les ha olvidado que el fútbol venezolano existe. Con la disputa cerrada en España, con las noticias y novedades del llamado mercado (“Yo creía que el mercado era aquel de Buenos Aires donde uno iba los domingo en la mañana a comprar las verduras y las frutas para la casa”, dijo alguna vez, con su carga de sarcasmo, César Luis Menotti), hay poco espacio y ganas para pensar en Caracas, Táchira, Lara, Atlético Venezuela o cualquier de los equipos.

Ellos se mueven, es verdad, pero en circunstancias adversas, siempre de contracorriente, porque sienten la falta del apoyo popular. Al final, jugar a puertas cerradas no debería extrañarles, porque muchos de los partidos de los torneos locales se disputan apenas con algunas decenas de aficionados en el graderío. Bueno, que sea lo que Dios y el fútbol quieran.

Nos vemos por ahí.

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